En estos tiempos mucho se habla acerca del respeto, o más bien, de la falta del mismo.

La situación social, económica, ideológica y cultural muestra un claro déficit de ese respeto tan necesario para una convivencia adecuada. Quizás nos olvidamos que ese respeto debe ser inculcado desde el principio y con naturalidad. Con la misma naturalidad con la que aprendemos aquellas cosas que son innegociables;  principios que desde pequeños forman parte de nuestra vida, de nuestra rutina, sin tener que hacer ningún esfuerzo extraordinario.

El respeto es, o debería ser, uno de esos principios (parece evidente ¿no?), sin embargo la realidad nos dice que esto no siempre es así.

El origen del respeto está en la familia y así debe transmitirse de padres a hijos. Hace poco, paseando por un centro comercial –extraña y relativamente vacío- pude observar a varias parejas y familias. Me llamó poderosamente la atención cómo, poco a poco, se va perdiendo ese respeto para dejar paso a una comunicación ruda, firme y crítica entre padres, hijos y pareja.

El respeto no se inculca únicamente desde el lenguaje, también, y por encima de todo, desde el comportamiento. Los niños aprenden lo que ven y lo que viven. Si crecen en un ambiente hostil su comportamiento será hostil; si crecen en un ambiente respetuoso se comportarán con respeto y harán de éste una virtud. No descuidemos, por tanto, ni el fondo ni las formas de lo que hacemos o decimos, porque de ahí se alimentan los valores con los que crecerán nuestros hijos, que son los que formarán la sociedad futura.

Convirtámoslos, por tanto, en adultos respetuosos dándoles modelos a los que imitar. Así mejoraremos nuestro presente y su futuro.

PILAR BAOS REVILLA

PSICÓLOGA SANITARIA Y EDUCATIVA

DIRECTORA CENTRO MÉDICO VILLAMED